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Camila Charry

E studié Dis­eño de joyas en una pequeña escuela en Bogotá. Aunque mi habil­i­dad man­ual no fue muy recono­cida, di forma a la plata, a los ópa­los y a las ágatas, al lapis­lázuli y al granate, pero, a pesar de poder mold­ear el metal y las piedras más sagradas, aquel primer intento fue inútil, no porque la util­i­dad en ese caso pueda ser medi­ada o deter­mi­nada bajo los parámet­ros del rigor del que crea con dis­ci­plina una joya y acto seguido busca a quien dársela. No de esta man­era. Pero sí en el sen­tido que da el que­hacer de lo prác­tico y de la prác­tica, el dominio de una her­ramienta, su suave manip­u­lación, su monótono ir y venir; selec­cionar la piedra, ele­gir en qué se con­ver­tirá el metal, unos aretes, una pulsera, un anillo, no sé. Imag­i­narlo, imag­i­narlo e ini­ciar cuida­dosa­mente la labor sobre la mate­ria sorda y ciega aun. Y así, día tras día, encan­ta­dor por supuesto, demasi­ado encan­ta­dor, hasta el sueño, inútil sin embargo.

Sabía hace algún tiempo que como bien dice algún escritor que ya no recuerdo: “mold­ear la mate­ria del espíritu es más arduo aún que dar sen­tido a la mate­ria de la nat­u­raleza”. Siem­pre había sabido que me muevo entre las ten­siones, la qui­etud es pri­v­a­tiva de la con­fi­anza que uno tiene en sí mismo, así que requiero de cierto caos que jamás se parezca a la monot­o­nía para estar viva, y desde ese punto de vista, la joy­ería era demasi­ado dócil, demasi­ado tranquila.

De todas for­mas, la mate­ria de la nat­u­raleza es análoga a la mate­ria del espíritu, pero a veces hay un abismo que sep­ara las sus­tan­cias y las hace incom­pat­i­bles. Entonces la tarea fue, como cuando se preparan los met­ales, alear todo; la con­fi­anza de la mano que funde la plata, la agudeza del ojo que des­cubre en el jaspe la veta, la pacien­cia del buril que dibuja sobre la lámina bril­lante un imag­i­nado dis­eño, mezclar todo esto con la impa­cien­cia de los ojos que des­cubren en las pági­nas el encanto y la fasci­nación de la pal­abra, su brusco abismo; el per­tur­bado asom­bro del sen­timiento rev­e­lado, el con­cepto que es la raíz de la raíz de la idea, el pen­samiento que se piensa…y así, por ese camino enseñar un poco la poesía, señalar, resaltar el poder en la voz de algunos autores ama­dos, su falta de com­pasión con quien los encuen­tra y no vuelve a ser el mismo. Entonces decidí que la poesía se podía enseñar como se enseña a armar una pieza de joy­ería, pero sin domes­ti­cación, sin rutina, sí en cam­bio con hon­dura, con­vo­cando siem­pre lo inesperado.

Desde entonces he procu­rado que los jóvenes vayan a su encuen­tro. Estudié Lit­er­atura en la Uni­ver­si­dad Jave­ri­ana de Colom­bia, en el par­que cam­bié cervezas por salu­dos, adopté algunos per­ros, reconocí en la llu­via el per­fecto estado de ánimo para la huída o la certeza; volver a clase o escam­par de ella bajo el aguacero gris de Bogotá. Aban­doné la joy­ería para bus­car la poesía, ambas ple­nas de sen­tido, una estática, la otra más viva y envol­vente. Ahora me entretengo entre las clases que doy, su preparación que siem­pre es un arque­ología, un viaje de la memo­ria recu­perando, sacando del fondo aque­l­las primeras letras que años atrás, cuando era más joven me habían impre­sion­ado. En el fondo tam­bién he sabido que la poesía y la joy­ería se pare­cen mucho.






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