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I

Con sus uñas largas
largas como finos hilos mági­cos
como dos ríos
sin cauce
agre­sivos, mor­tales,
rasgó la piel del chivo
y gritó en silen­cio
un grito más gemido
que grito.
Entonces arrancó su cabeza
de la columna
y el cru­jir de sus hue­sos
fue estru­en­doso y ter­ri­ble
y lanzó su cabeza al cielo
para verlo todo
y aún así
sal­vaje
fue más humano que los humanos.

IV

No me hieren el agua
ni el fuego
lo oculto bajo tierra
ni el sal­vaje sil­bido del aire.
Sólo me hiere un pequeño color pri­mario
que surge de ti a veces
tierno y nuevo
que escala por mi piel con la tor­peza
de las navajas.

VI

Exigiste demasi­ado
Plinia Capuleto
y yo
como un buen sas­tre procuré darte
y coser todos los instantes
con el más fino acabado.
Des­tilé mis pal­abras con un rigor inútil,
Plinia Capuleto,
para pro­ducir licores mag­ní­fi­cos
crea­dos con arduo esfuerzo
pura­mente de monól­ogo
para lle­gar a la fru­tal del­i­cadeza
de tus ajenos
y nubla­dos labios.
Recuerda tam­bién cómo
al mirarte, dis­traída,
con­densé el her­vor
de la entonces clan­des­tina agitación
cel­e­brada en mi pecho
para cul­mi­nar con unos cuan­tos
per­fec­tos, bril­lantes, sucu­len­tos
carame­los.
Recuerda que deslicé sobre ti una fina capa de piel
como si mi ros­tro fuera un ter­ri­ble bulbo
(¿O acaso fue por causa del bulbo mi llanto?)
y que al arran­carla y con cuidado dividirla
envolví con mi fra­gan­cia los cuida­dosos, deli­ciosos
carame­los mencionados.

Es extraño todo
Plinia Capuleto,
es extraño cómo al verte
ese día,
que tal vez de ver­ano era
aunque tu piel evoque siem­pre
el irre­me­di­a­ble invierno
me aden­tré entonces en tu mis­te­riosa inmen­si­dad
y observé la imposi­ble ima­gen de mi cuerpo
de soslayo
y sentí lo que tú sientes.
No sé,
Plinia Capuleto,
si tú te aden­traste en mí
pero yo vi algo ter­ri­ble
porque me vi
pero desde tu fino cuerpo,
Plinia Capuleto,
como un curioso extraño
y me sentí como tú me sientes.
Sentí como
(y ahí empecé a llo­rar,
no sé muy bien desde cuál cuerpo)
que tú jamás me viste
ni viste mis obse­quios
Plinia Capuleto,
ni sen­tiste mis sentimientos.

III
Es hora de deshac­erse
de las fal­das inútiles de tierra,
es hora de mecerse por la mañana
en los dora­dos rizos que cuel­gan del cielo raso
del plan­eta.
Es hora de trans­for­mar el azul
en noche fría y hacer que se apague
su espuma.
Es hora de soplar una hoja que pende silen­ciosa
y hacer que caiga.

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